Reflexión sobre la memoria, la repetición y la construcción del sentido.
Hay una señora que viene seguido a la heladería donde trabajo. Es bajita. Lleva siempre el mismo turbante negro sobre la cabeza, coronado por una hilera de strass de colores; algunos todavía brillan, otros ya no están. En su lugar quedaron pequeños espacios vacíos, como ausencias que el tiempo fue dejando. El turbante, como el resto de su ropa, se ve limpio y prolijo, pero también gastado. No roto, sino usado. Sostenido. Como esas prendas que sobreviven a los años porque ya forman parte de quien las lleva.
También se remarca las cejas con un lápiz rojizo, del tono de su cabello, que nunca pasa desapercibido. Lleva un collar lleno de colores y una manera de caminar que parece traer otro clima encima. Antes de preguntarle de dónde era, ya había algo en ella que hablaba de otro lugar. En la cadencia de la voz, en la forma de recorrer la vitrina con la mirada, en esos detalles que uno no sabe explicar, pero igual percibe.
Siempre ocurre exactamente la misma escena. Mira los sabores y pregunta:
—¿Tienes ron con pasas?
No, nunca tenemos ron con pasas porque es una heladería argentina. Después me pide que le cobre primero porque no sabe si le alcanzará el dinero en la tarjeta porque viene de recorrer varias tiendas, se excusa, y teme haberse quedado sin saldo. Recién entonces elige dos sabores, y antes de irse, me recuerda que vive cerca. La conversación termina.
Unos días después, esta escena mínima vuelve a empezar. Recién hoy, después de quién sabe cuántas veces de repetirla, le pregunté de dónde era, aunque ya sabía la respuesta por el sabor de helado que tanto persiste en su pregunta.
—De Cuba.
No sé si esta mujer tiene algún deterioro de la memoria. Tampoco me interesa diagnosticarla desde el otro lado del mostrador. Lo que me interesa es otra cosa. Porque el asunto dejó de ser el ron con pasas. Y dejó de ser ella. El asunto es que esa escena solo existe porque hay dos memorias enfrentadas. Ella podría estar viviendo cada visita como si fuera la primera, yo, en cambio, las vivo como una acumulación. Para ella puede haber novedad, para mí hay repetición. El mismo episodio existe de dos maneras distintas al mismo tiempo. Entonces empecé a preguntarme ¿La repetición está en los hechos o en quien los recuerda?¿Qué significa que una escena sea siempre la misma?¿Para quién se repite?¿Qué hay detrás de la repetición?
Hay una idea de Erving Goffman (1959/2009) que siempre me vuelve a la cabeza. Él proponía mirar la vida cotidiana como un escenario donde, incluso en las interacciones más simples, se produce el orden social. No hace falta un gran acontecimiento para comprender cómo funciona una sociedad, basta con observar qué ocurre cuando dos personas se encuentran, qué esperan una de la otra, qué guiones siguen y cómo sostienen, casi sin darse cuenta, una situación compartida. Si Goffman tenía razón y la vida cotidiana es un escenario, entonces esta escena lleva meses representándose.
La misma mujer. La misma pregunta. La misma respuesta. Pero ¿es realmente la misma obra? ¿O solo lo parece porque soy yo quien recuerda cada función?
Quizás ahí aparezca otra enseñanza: los grandes procesos sociales rara vez se presentan disfrazados de grandes acontecimientos, sino que casi siempre se esconden en escenas mínimas. Una conversación de menos de un minuto. Un sabor de helado que nunca está. Una pregunta que insiste.
Y entonces el ron con pasas deja de ser un gusto de helado y empieza a parecerse a otra cosa. A un afecto. A una forma de habitar la distancia. A la insistencia de la memoria. Porque tal vez los migrantes no solo cambiamos de país, también pasamos años preguntando, de maneras distintas, por aquello que quedó del otro lado del océano. Ella pregunta por un helado. Pero quizás, como todos nosotros, está preguntando por mucho más que eso.
¿La escena se repite para ella o solamente para mí? Porque yo la recuerdo, yo puedo anticipar cada frase antes de que ocurra, sé cuál será la primera pregunta, cuál será la segunda y en qué momento me dirá que vive cerca. Ella, en cambio, quizás esté viviendo cada visita como si fuera distinta. Quizás, cada vez que pregunta por el ron con pasas, todavía exista una posibilidad de que esta vez sí esté. Entonces pensé que, tal vez, la repetición no vive en los hechos, sino que vive en quien los recuerda.
Y ahí la señora dejó de ser solamente una clienta. Se convirtió en un espejo incómodo. Porque todos repetimos escenas. Cambian las personas, cambian las ciudades, cambian los trabajos, pero volvemos una y otra vez a preguntar por aquello que falta. Algunos preguntan por un sabor de helado. Otros preguntan por una casa. Por un país. Por alguien que ya no está. Por una versión de nosotros mismos que quedó viviendo en otro tiempo.
Capaz que la vida no avanza tanto como nos gusta creer. Capaz que gira. Capaz que somos especialistas en inventarnos escenarios nuevos para volver a hacer las mismas preguntas y pasar por lo mismo que conocemos. Y hay algo profundamente migrante en todo esto. A veces creemos que emigrar consiste en cambiar de geografía, pero también es seguir buscando, en un barrio cualquiera, aquello que un día quedó del otro lado del mar. No porque esperemos encontrarlo realmente, sino porque hay afectos que insisten, que aparecen disfrazados de un olor, de una canción, de una palabra o, en este caso, de un gusto de helado.
Qué cosa extraña la memoria. No siempre recuerda lo que pasó.
Quizás esa sea una de las formas más silenciosas de la condición humana. No habitamos únicamente lugares sino que habitamos maneras de relacionarnos. Y esas maneras sobreviven a las mudanzas, a los trabajos, a las rupturas y a los países. Creemos que cambiamos de vida cuando, muchas veces, lo que hacemos es cambiar el escenario donde volveremos a interpretar las mismas escenas, en vínculos, ausencias y deseos. Tal vez el punto no consista en dejar de repetir, sino en aprender a reconocer qué parte de nosotros insiste cada vez que la escena vuelve a empezar y tener la humildad de preguntarnos para qué lo hace.

