¿qué es el folklore?

Hace unos años hubiera respondido esta pregunta con bastante seguridad.
Probablemente habría empezado distinguiendo el folklore como hecho social, como disciplina y como ese conjunto de músicas y danzas que solemos reconocer bajo esa etiqueta. Incluso habría enumerado las características que, según mi formación universitaria, debía reunir un hecho para ser considerado folklórico.
Hoy no estoy tan segura. Y, la verdad, me gusta bastante más vivir en esa incertidumbre.

Migrar a Catalunya y comenzar un Máster en Antropología hizo algo que no esperaba. No cambió solamente el lugar donde vivía. Cambió las preguntas que me hacía. Descubrí que muchas de las categorías con las que había aprendido a pensar la cultura dejaban de ser tan evidentes apenas cruzaban una frontera. La palabra folklore, por ejemplo, que había ocupado un lugar central durante toda mi formación como licenciada, aquí aparecía muy pocas veces. En su lugar escuchaba hablar de cultura popular, cultura tradicional o patrimonio. Y cuando alguien decía folklore, no siempre lo hacía con el mismo entusiasmo con el que yo había aprendido a nombrarlo.
Eso me obligó a hacer algo bastante incómodo. Dejar de preguntarme qué es el folklore para empezar a preguntarme por la propia palabra folklore.
Porque, ¿y si el problema nunca fue encontrar una buena definición? ¿Y si el verdadero problema era creer que existía una definición universal? Hoy me interesa mucho menos decidir qué entra y qué no entra dentro del folklore. Me interesa entender quién construyó esa categoría, en qué contexto histórico apareció, qué preguntas intentaba responder y por qué sigue teniendo tanta fuerza en algunos lugares mientras que en otros prácticamente desaparece.

Lo mismo me ocurrió con la palabra tradición. Durante mucho tiempo la pensé como una herencia que simplemente pasaba de generación en generación. Sin embargo, el trabajo de campo que actualmente realizo en el Esbart Català de Dansaires me llevó a escuchar una palabra una y otra vez. Recuperación.
Recuperar danzas.
Recuperar repertorios.
Recuperar patrimonio.
Y cuanto más escuchaba esa palabra, más desconfiaba de su aparente inocencia.
Porque recuperar parece sugerir que existe un pasado intacto esperando pacientemente a que alguien vaya a buscarlo. Pero la antropología tiene una costumbre bastante molesta. Empieza a hacer preguntas donde las palabras parecían transparentes.
¿Quién decide qué merece ser recuperado?
¿Qué versiones del pasado vuelven a ponerse en circulación?
¿Y qué otras quedan olvidadas?

Cada vez estoy más convencida de que las categorías con las que pensamos la cultura también tienen una historia. Folklore, tradición, patrimonio, identidad o cultura popular no son palabras neutrales. Son conceptos construidos en contextos históricos concretos, atravesados por disputas políticas, proyectos nacionales, memorias colectivas y formas específicas de imaginar quiénes somos.

Tal vez por eso este blog también cambió.
Cuando nació, quería explicar qué era el folklore.
Hoy me interesa algo bastante más divertido. Sospechar de las palabras que usamos todos los días como si fueran evidentes. Preguntarme de dónde vienen, quién las inventó, qué problemas resolvían y qué otras preguntas nos impiden hacer.
Porque, al final, quizás el folklore no sea solamente aquello que estudiamos.

Quizás también sea una categoría que merece ser estudiada.

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