A veces pienso en William John Thoms, ese señor proclamado “el padre” de la ciencia folklórica. Siempre me resultó curiosa esa paternidad simbólica, como si la disciplina necesitara de una genealogía viril para legitimarse. Pero más allá de eso, me interesa detenerme en su idea fundante: el folklore como el estudio de lo que se está perdiendo.
Desde ahí nacemos, parece. Como si nuestra tarea fuera la de arqueólogos de lo vivo, cazadores de rastros culturales que ya se desvanecen. Pero, si lo pienso bien, ¿qué sentido tiene hoy seguir sosteniendo esa mirada melancólica? ¿Por qué seguimos preocupándonos por lo que “se pierde”? ¿Qué hay detrás de esa necesidad de rescate? ¿Y, sobre todo, para quién estamos rescatando?
Porque si algo aprendí —y sigo aprendiendo, especialmente desde la Antropología— es que el folklore no es un museo. No es una vitrina con piezas frágiles que hay que conservar a toda costa. Los llamados “hechos folklóricos” no son fósiles; son hechos vivos, dinámicos, actuales. Se transforman, se mezclan, se contradicen. Entonces, ¿de qué sirve estudiar lo que ya se perdió o peor, lo que se tiene miedo que se pierda, si precisamente lo interesante está en lo que se mueve, en lo que se reproduce, en lo que resiste al olvido no por intervención académica, sino por pura vitalidad social?
Hay algo profundamente romántico —y a esta altura, diría que problemático— en esa obsesión por registrar lo que “se va”. Como si estudiar una festividad, una danza, un canto, fuera suficiente por el simple hecho de que está “en peligro de extinción”. Pero ¿en peligro frente a quién? ¿Frente a la modernidad? ¿Frente al mercado? ¿Frente a la indiferencia urbana? A veces siento que esa mirada contiene más de nostalgia que de análisis.
Y, siendo sincera, nunca le encontré mucho sentido a esa práctica de recopilar por recopilar. ¿Para qué? ¿Para llenar archivos? ¿Para que nadie, nunca, los lea? El valor del estudio no puede estar en la cosa estudiada en sí, sino en lo que esa cosa nos dice del presente. En lo que revela sobre nosotros.
Por eso me interesa más analizar una danza como contenido humano, que entenderla como “expresión tradicional” o “patrimonio intangible”. Lo que me importa es leer ahí los órdenes sociales, los roles de género, las formas del poder, los valores compartidos, las concepciones del estar de la comunidad, las maneras en que el cuerpo se vuelve texto. Porque ahí está la potencia del folklore: no en la conservación, sino en la interpretación. No en mirar hacia atrás, sino en entender el ahora.
Y lo mismo me pasa con ese término tan cómodo como resbaladizo: cultura popular. Y la relación con el término folklore, como si sólo hiciese folklore la gente que pertenece a esa «cultura popular».
Siempre me llamó la atención cómo se lo usa como una categoría transparente, como si todos supiéramos de qué hablamos cuando decimos “popular”. ¿Popular en contraposición a qué? ¿A lo elitista? ¿A lo académico? ¿A lo urbano? Esa dicotomía me resulta ya vieja, agotada. Porque lo “popular” siempre parece ser lo otro, lo periférico, lo que está afuera del centro —pero ¿quién define ese centro?
Si seguimos repitiendo que la cultura popular es “la cultura del pueblo”, entonces también estamos repitiendo una forma de mirar que ubica a ese “pueblo” en un lugar pasivo, casi decorativo. Como si fueran sujetos para observar, no para escuchar. Y ahí es donde el folklore, en su versión más tradicionalista, se vuelve cómplice de cierta mirada colonial.
Yo no quiero estudiar “la cultura popular” como quien disecciona una mariposa. Prefiero pensar en prácticas culturales, en hechos sociales, en cuerpos que hacen y rehacen sentido. Y si hay algo que rescatar, no es la tradición en sí, sino las relaciones, las tensiones, las disputas que se juegan ahí.
Porque, seamos honestos, ¿a quién le importa —de verdad— la festividad de no sé qué santo en el pueblo más recóndito de no sé dónde? No es cinismo, es una pregunta honesta. El interés tiene que estar en los hacedores, en las personas que ponen el cuerpo, que sostienen el ritual, que encuentran en eso una forma de vida, de identidad, de resistencia. Pero estudiar la festividad “en sí”, como objeto aislado, sin contexto ni lectura crítica, me resulta un sinsentido.
Eso, justamente, es lo que me vino a sacudir el máster en Antropología que actualmente hago. Esa incomodidad productiva de mirar lo mismo desde otro lugar, de entender que la disciplina que amo —y que me formó— también tiene que revisarse, cuestionarse, aggiornarse. El folklore no puede seguir siendo la ciencia de lo que se pierde; tiene que ser la ciencia de lo que se transforma.
Y si todavía hay algo que se está perdiendo, tal vez sea la capacidad de hacernos preguntas incómodas.

