– o cómo el «folklore» ayudó a inventar la argentinidad (y todavía no lo superamos) –
Durante años hemos aprendido a mirar las danzas argentinas desde la nostalgia. Se nos enseñó que entre pañuelos, zapateos y giros se esconde el alma del país, una esencia pura, casi sagrada, que nos une. Pero detrás de esas coreografías idealizadas hay algo más profundo: una construcción política, económica y cultural.
Pocas veces se interroga esa imagen romántica. Detrás de cada danza hay relatos que ordenan cuerpos, emociones e identidades. Hay roles de género que naturalizan jerarquías —el varón que conduce, la mujer que espera, la conquista convertida en juego—. Hay tensiones sociales entre lo popular y lo académico, entre lo rural y lo urbano, entre lo que se enseña y lo que se silencia.
Estas danzas —llenas de historias, mitos y estereotipos— ¿nacieron realmente del pueblo de manera espontánea o nacieron dentro de un proyecto de nación?
A fines del siglo XIX, con el modelo agroexportador (hacia 1880), Argentina necesitaba consolidar su identidad. Un país joven, lleno de inmigrantes y con políticas económicas para atraer aún más de los que ya había, debía crear símbolos capaces de unir y de generar pertenencia.
¿Cómo lograr que quienes venían de distintos rincones del mundo se sintieran parte de esta tierra?
La respuesta fue cultural: había que inventar una argentinidad.
Así surgieron y se difundieron ciertas danzas y músicas “nacionales”. No fue casualidad. Se trataba de dar forma a un sentimiento colectivo que legitimara un proyecto económico: el del campo fértil, el del trabajador orgulloso de producir para una nación que lo acogía. No es casualidad la construcción que tenemos hoy los argentinos respecto al trabajo “el trabajo digno” “levantarse para sacar el país adelante” decimos muchos.
Nadie trabaja con entrega en una tierra que no siente propia, y ahí entran la danza y la música, como otros símbolos que fueron impuestos desde la educación – portar un uniforme escolar, los símbolos patrios, los actos escolares, los próceres, el juramento a la bandera, entre otros – como formas de representación social: espacios donde la identidad se vuelve cuerpo, emoción, bandera.
Décadas después, el boom del folklore en los años sesenta reavivó esa idea. Desde los escenarios, la radio y la escuela, se volvió a construir ese imaginario de lo argentino: lo criollo, lo gaucho, lo auténtico. Pero esa autenticidad también estaba atravesada por intereses políticos, por tensiones de clase, por modelos de país en disputa. Y el impacto que tiene este boom cultural hoy en día que nos construyó una idea de lo folklórico, y me pregunto ¿cuántos de estos hechos en realidad ni son folklóricos pero sólo pertenecen a un imaginario?
No es coincidencia la cantidad de manuales, festivales y normas que ordenaron cómo debía bailarse y sentirse lo nacional. Argentina es un país que hizo del nacionalismo cultural una herramienta de cohesión, pero también de control.
Y aunque esas tradiciones hoy nos identifican, también nos interpelan: ¿qué historias quedaron afuera? ¿Qué cuerpos no entraron en esa imagen? Ese entramado nacionalista moldeó nuestras formas de bailar y de sentir la “argentinidad”. Las danzas no nacieron fuera de la historia: fueron seleccionadas, depuradas y reinterpretadas para representar una idea de nación. Una nación que eligió ciertas músicas, ciertos cuerpos y ciertos gestos para decir quiénes éramos… y quiénes no.
Porque sí: las danzas nos forman, nos acompañan, nos hacen quienes somos.
Pero no podemos ignorar el pasado que buscó, con la mejor o la peor de las intenciones, que un país entero creyera que bailar juntos era también trabajar, pertenecer y producir juntos.
No puedo olvidar de mi mente el día que una profesora de danza tradicional que tuve en mi adolescencia nos dio todo un discurso moralizante, respecto a la falta de respeto que habíamos tenido con unas compañeras por sacarnos unas fotos antes de un examen; fotos estando con estos trajes tradicionales haciendo morisquetas y “boludeando” para pasar el rato, previo al momento de la evaluación. Recuerdo bien su tono enfatizando en que hay que respetar. Y me pregunto ¿sabiendo la información del entramado que hay detrás de todo este armado de nacionalismo y berretadas, a quiénes faltamos el respeto? Años después, hablando con un profesor de la universidad de todo este tema me dice algo iluminador: de alguna manera este imaginario respecto a ese pasado “revota” en el presente y termina siendo “cierto” y “folklórico” por el mero hecho que la gente lo siente real; considero que al final, ese sentir hay que respetarlo, entenderlo como tal, como un constructo social y ya.
Bueno, no sé aun lo qué sentir, ni qué pensar, sinceramente todo me hace dudar, reflexionar y no deja de generarme cierta incomodidad, e invito a las personas que somos parte de este entramado que hagan lo mismo y no acepten las cosas «la cultura» tal y cual como fue entregada.
Quizás sea tiempo de mirar de nuevo.
De escuchar los silencios, los olvidos, las contradicciones que laten bajo el pañuelo.
Porque las danzas argentinas, y todo el entramado cultural, no son sólo tradición: son territorio de disputa, de memoria y de poder.

